La memoria viva de Jesús Guridi

Julia, la quinta hija del compositor, canta en la Coral de Bilbao y mantiene a sus 83 años el recuerdo del autor de ‘El caserío’

César Coca CÉSAR COCA

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Por su casa de la calle Sagasta, en Madrid, pasaban con frecuencia los cantantes Teresa Berganza, Paquita Rico y Luis Mariano y el director Ataúlfo Argenta, que iban a ensayar y comentar algunos aspectos de la partitura con el autor. Por allí iban también amigos que se dedicaban al teatro, como Pedro Muñoz Seca y Alfredo Marquerie. Pese a su discreción y su escaso afán de notoriedad, -«en las fotos prefería siempre evitar estar en el centro»-, el hogar del compositor vasco Jesús Guridi era un foco de cultura, donde sonaba el piano de la mañana a la noche y donde el maestro estudiaba y planeaba las obras que luego escribía en las largas vacaciones donostiarras.

Lo recuerda Julia, la quinta -de seis- hija del compositor, memoria viva de un músico del que tantas veces se ha dicho que habría logrado una proyección mucho mayor si hubiese nacido en Centroeuropa. Y eso que no es poco haber sentado las bases del nacionalismo musical vasco.

¿Cómo era en casa Guridi? Julia tenía 27 años cuando el compositor murió de forma repentina. Han pasado 56 desde entonces, pero ella lo recuerda muy bien. «Era introvertido, religioso pero con algunas dudas en materia de fe y con un fino sentido del humor. Nunca fue muy hablador. Cuando yo tenía doce años murió nuestra madre -que también se llamaba Julia- y nos cuidó una chica que había trabajado en casa de los abuelos paternos. Para mi padre fue un golpe tremendo».

Aficiones

Su jornada de trabajo era larga por sus obligaciones como profesor de Órgano en el Conservatorio de Madrid -del que también fue director-, a las que se sumaban los encargos de bandas sonoras para el cine y obras de todo tipo. En el escaso tiempo libre del que disponía, le gustaba pasear por el campo y contemplar la naturaleza. «Tenía muchos libros sobre insectos», cuenta su hija. Era una afición que le venía de la infancia y que en parte es el detonante de un descubrimiento en el que tuvo una participación notable. Se trata de las cuevas de Santimamiñe. Él fue quien, en 1916 y tras escuchar a unos muchachos que en el interior de las mismas había algunos dibujos, entró a comprobarlo y de inmediato lo comunicó a Manuel Losada, entonces vocal de la Comisión de Monumentos de Vizcaya.

En la terraza de su casa de Madrid había instalado un catalejo y en las noches despejadas disfrutaba mirando las estrellas. A menudo se sentaba en un sillón para leer. «Valle-Inclán era uno de sus autores favoritos». Y veía dibujos animados, que era otra de sus grandes pasiones. Algunas de sus obras, como la ‘Sinfonía Pirenaica’ y ‘Homenaje a Walt Disney’, surgen de esas aficiones.

Julia no tiene recuerdos de su infancia en Bilbao porque la familia se trasladó a Madrid nada más acabar la Guerra Civil y ella apenas tenía cuatro años. Sabe que habían vivido -además de la sede de la Coral- en Campo Volantín, Ibáñez de Bilbao y Licenciado Poza 2, en la casa que hoy se llama precisamente Edificio Guridi. Cuando llegaron a Madrid se instalaron en la calle Monte Esquinza, una paralela al Paseo de la Castellana. «En ese piso vivimos solo un año -cuenta Julia- porque mi madre se quejaba de que tenía poca luz. Luego nos fuimos a Sagasta, al lado de la Glorieta de Bilbao». Allí residía cuando estrenó las ‘Diez melodías vascas’ en Madrid -su obra más célebre junto a ‘El caserío’, estrenada también en la capital de España pero en 1926- y allí murió en 1961.

Guridi era hijo y bisnieto de músicos: su padre era violinista, su madre tocaba el piano y su bisabuelo por parte materna era el organista y compositor Nicolás Ledesma. Sin embargo, nunca pretendió que sus hijos siguieran la tradición familiar. Eso sí, le hacía ilusión que estudiaran música para su propio disfrute. Julia hizo siete cursos de piano y violín antes de entrar con 17 años en un coro y no abandonar ya nunca esa afición. Su hermana Maribel llegó a dirigir formaciones corales. Es la siguiente generación la que mantiene la antorcha encendida: «Una hija mía es flautista y vive de la música en Holanda», explica.

«En casa había un gran ambiente musical. Teníamos dos pianos, más otro en San Sebastián, pero no estábamos a todas horas hablando de música, aunque el piano sonaba continuamente». A veces, el padre recordaba episodios de su amistad con Usandizaga cuando estaban en París. Ambos comparten el título honorífico de padres de la ópera vasca. O luego con Pablo Sorozábal, que era once años más joven.

Modestia en el éxito

Tampoco hablaba mucho en familia de los estrenos o las obras que interpretaba o dirigía. «Nos contó que el estreno del ‘Tríptico del Buen Pastor’ (1954), escrito para la inauguración de la catedral de San Sebastián, fue un gran éxito. Y supimos que en una representación de ‘El caserío’ en Madrid lo sacaron a hombros, como si fuera un torero, pero no era habitual que sacara esos temas». Disfrutaba con los éxitos, por supuesto, aclara su hija, pero «tenía un notable sentido crítico y autocrítico, y era muy consciente de lo que no se había hecho bien o lo que podía hacerse mejor».

A veces, durante la comida, salía a la conversación el trabajo que hizo hacia 1910 en Otxandio, donde recogió elementos del folclore. En ese ejercicio de antropología cultural, se hizo acompañar por un ayudante que anotaba las letras en euskera de las canciones -él no conocía la lengua-; fruto de ese trabajo serían las ‘Dieciséis canciones vascas’ que publicó en el periódico ‘Euzkadi’. «Luego hizo lo mismo en Galicia. Estuvo allí un verano anotando canciones y de ahí salió la zarzuela ‘La meiga’. En ocasiones nos contaba cosas de ambas experiencias».

Al acabar el almuerzo, se concedía un pequeño placer. Lo recuerdan Julia y su esposo, Vicente Rodríguez, que aún llegó a conocer al compositor aunque se casaron cuando aquel ya había fallecido. «Tomaba un café y una galleta mojada en un vasito de vino. Para él eso era un deleite». La hija del músico vitoriano se refiere a él como un genio y enumera sus grandes obras: ‘Amaya’, ‘Mirentxu’, ‘Una ventura de don Quijote’, ‘Seis canciones castellanas’, ‘Así cantan los chicos’, ‘Oñazez’, ‘Boga boga’ -«¡cuánta música coral escribió!»-, pero un genio que «no ejercía de tal».